Esta aparente interna entre los titulares de la Aduana y de la Policía de Seguridad Aeroportuaria me recordó una anécdota de viaje que, a mi entender, ilustra lo mal que se trabaja en cuestiones de seguridad.
A principios de 2002 viajé a París. El increíble atentado a las Torres Gemelas había ocurrido hacía pocos meses y todavía existía cierta sensibilidad respecto de los vuelos. Los controles previos al embarque se habían intensificado (o quizás los hacían como siempre había correspondido), había alertas sobre elementos prohibidos en equipaje de mano, como objetos punzocortantes, te hacían donarle al aeropuerto tu lima de uñas de metal o tu llavero/navajita suiza; y hasta se habían reemplazado los cuchillos de metal por los descartables plásticos, lo que produjo que cortar un trozo de carne en una bandejita mínima sobre una mesita tan chica como la de la clase turista se convirtiera en una proeza. Para mi sorpresa, los tenedores seguían siendo los de siempre, una cosa de locos si considerás que clavarle el tenedor a un tipo en una arteria capaz que es hasta más sencillo que amenazarlo con un cuchillo de sierrita sin afilar.
Como soy altamente alérgica no puedo despegarme de mi inyección de corticoides por 12 horas mientras estoy encerrada en un avión que, en mi experiencia, no cuenta con más que un botiquincito para heridas elementales. De modo que al llegar al mostrador de Air France para chequear nuestro equipaje, preguntamos a la empleada si había alguna forma de llevar mi jeringa prellenada conmigo. Quería hacer las cosas bien: contaba con certificado médico que avalaba la necesidad del uso del medicamento y por si eso fuera poco, me llevaba a mi propio médico conmigo -mi marido-, que portaba credencial que lo habilitaba.
La señorita Air France no tenía la menor idea, nunca le había tocado responder una consulta así y básicamente contestó "no creo que pase nada". "No creo", yo me quedé atónita; para mí que en otro control me quitaran la jeringa significaba que podía morirme en el aire, salvo que contara con la posibilidad de lo más alentadora de que mi marido me practicara una traqueostomía con un cuchillito plástico y una Bic y se convirtiera en un héroe de película. Tuvimos que sugerirle, para no quedar en silencio mirándonos, que fuera a preguntar a un superior. Fue y volvió con una respuesta: el superior tampoco sabía. La fila detrás de nosotros se hacía más larga y la gente se impacientaba como si el vuelo fuera a irse sin ellos. Se me ocurrió otra sugerencia: quizás había manera de que mi jeringa fuera transportada por la tripulación y me fuera entregada en caso de necesidad o devuelta al llegar. Fue a preguntar y volvió: no tenían idea, pero le habían contestado que podíamos preguntar en el preembarque a la (entonces) Policía Aeronáutica, medio como para que nos dejáramos de joder.
Mi marido es más tranquilo, pero yo me sentía como una terrorista alergénica con esa jeringa llena de un liquidito amarillo, que si me abren la mochila andá a convencer a un tipo que sólo está para abrir mochilas de que esto no es cianuro, entre que lo analizan y me interrogan te vas solo y a la vuelta te mato.
Finalmente encontramos al policía aeronáutico bueno que me iba a despejar las dudas y que no me iba a sacar la jeringa para que no muriera asfixiada, ay de mí. Nos contestó con una tranquilidad propia de quien se ha tomado tres valiums: "y... llevelá, si nadie se la encuentra...".
Y la llevé, nomás. Y nadie me la encontró.